Entre pancartas, discursos y lecturas, estas dos semanas me han dejado reflexiones agridulces. Puede que la idea de pensar por uno mismo sea una mera utopía, que quienes dicen portar las llaves a tal autonomía solo las usen como anzuelo, y que viviendo del sueño de la gente no les quede más remedio que cambiar la telaraña. Pareciera imposible también que buscando la libertad pudiéramos reducir nuestra búsqueda a un cambio de pancartas, pero hoy más que nunca quienes se jactan de conocer o pensar con autonomía lo hacen con los mismos métodos y discursos, y me cuesta demasiado creer que un hallazgo de esta magnitud sea el mismo para todas las personas, a menos que precisamente estas ideas sean hechas de la misma manera.
Por “pensar propiamente” no me refiero en ningún sentido al hecho biológico que le permite al ser humano ejercer un proceso mental, sino a la capacidad que tiene este para distinguir diferentes ideas y que crea (algunos más y en algunos menos) perspectivas más o menos autoctónas compuestas de su experiencia y que de cierta manera la hacen propia y única con respecto a otras. En este sentido es plausible conseguir que respecto de una idea se tenga una diferente concepción, lo que permitiría una variedad de sentido a la misma idea, limitándola de ejercer control absoluto sobre los creyentes, al menos desde la pureza de la propuesta.
Y aunque pueda considerarse intuitiva esta descripción, estas características no solo reposan en el individuo, sino en las ideas. Como las ideas provienen de los individuos, no solo es posible sino necesario que aún creando y formulando la misma idea se tengan diferentes concepciones incluso desde el nacimiento de esta. Esta variedad es la que permite que las ideas se transformen, y que los creyentes las adapten. El problema está cuando en un mundo de millones de ideas y de seres humanos, se fuerza al individuo a encasillarse desde una perspectiva coaccionada por los medios y que desconoce su entorno real.
Esto era muy difícil antes, cuando un entorno imaginario no se podía replicar en diferentes conciencias individuales, debido a las imposibilidades tecnológicas que impidían a los seres vivos conectarse más allá de lo físico. Solo que ahora, en el siglo XXI, la mayoría de los seres humanos tienen internet, y estos entornos les permite acceder (en mayor o menor medida) al mismo ecosistema de conocimiento, en este caso el digital, y no solo es similar, sino casi idéntico cuando la mayoría de la población tiene acceso a la misma información, pues es suministrada por los mismos dueños de estos entornos digitales.
De ahí que el problema que antes existía en adaptar una misma idea en varias personas no radicara en la idea en sí misma, pues no se convivía en el mismo ecosistema, sino que para que se pensara lo mismo lo más plausible era hacer que todos los candidatos a creer vivieran más o menos en las mismas condiciones. En la guerra, por ejemplo, el contexto bélico afectaba a los habitantes de un país, en mayor o en menor medida, y sometía a la ignominia un sentimiento similar entre los pares, generando un ambiente propicio para que surgiera una idea uniforme entre los afectados. Esta idea solo perjudicaba a los relacionados con su contexto, y como cada región funcionaba de modo diferente, era difícil que se tuviera un pensamiento colectivo similar, pues este imaginario era producido desde la realidad.
Pensar el gestamiento de una idea a nivel global era imposible hace 30 años, pero ahora con las redes sociales, donde miles de millones de usuarios miran lo que determina un algoritmo que muestra y recomienda contenido con base al interés, pero que a la vez moldea las preferencias del individuo producto de este interés para al final recomendar contenido igual a todos, es cada vez más difícil no vivir en imaginarios similares. Este ecosistema digital cada vez más pasa de lo digital a lo real y se empieza a superponer por encima de los contextos sociales de la realidad de cada ser humano.
Todos estamos pasando a vivir en una burbuja que ignora nuestra historia y orígenes, pues la era digital invade y consigue progresivamente acaparar lo que consideramos real.
No quisiera sonar paranoíco cuando digo que es probable que estas intuiciones las tengo al igual que otras cientos de miles de personas, y es probable que lo pensemos porque hemos consumido masomenos el mismo contenido.
Ahora con la inteligencia artificial hasta hablamos masomenos de la misma manera, pasamos de decir “esto quiere decir esto” a decir “esto -no solo significa esto-, sino también (…)”. Las formas comunicacionales cada vez están más capturadas, y el ecosistema que antes nos permitía conocer cada fuente (como lo era el internet), ahora nos vende la idea que una sola interfaz, la de la IA, tiene la información necesaria, como si antes no hubieran existido otras telarañas que justificaban una sola fuente de conocimiento, como lo era la religiosa en la edad media.
Hoy en día existen personas que ignoran su realidad material, y ciegos ante ideas impuestas por algoritmos, se proponen a transformar su realidad sin poder distinguir lo digital de lo real; existe una tendencia de concebirse “exitoso” como alguien que va al gimnasio, hace trading con criptomonedas, y apoya determinadas posturas políticas.
Esto me parece preocupante porque cada día nos parecemos más, tenemos cada vez más las mismas formas de comunicación, y tomamos masomenos las mismas actitudes ante las mismas situaciones, pero que ser diferente sea la moda.
Es casi como si ser, vestir, pensar y hablar fuera nuestro pequeño espacio para ser diferentes, pero como una trampa lo único que hace es moldearnos masomenos a lo mismo. Y así es cada mes, con cada nueva tendencia. Al final del día solo queda pretender creer que nos emancipamos de lo que todos piensan, mientras todos de manera diferente, perdemos la identidad de la misma forma.
Discusión
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